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Tenemos que empezar a desarticular las estructuras montadas

Por Delfina Torres Cabrero para El Economista

 

“La mujeres, mitad de la población mundial, hoy son minoría en todos los ámbitos en donde se toman decisiones de peso para el mundo y donde se piensa nuestra época. Los estereotipos y roles de género tradicionales condicionan su avance”, dice la doctora en Economía Mercedes D’Alessandro en su libro “Economía Feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour)” (Sudamericana), que saldrá a la venta mañana. Desde Nueva York, ciudad en la que reside desde hace tres años, D’Alessandro dialogó con El Economista y llamó a desandar las estructuras montadas, así como a disputar derechos sin renegar de la propia feminidad.

 

En el libro aparece una idea que señala que “eso que llaman amor es trabajo no pago”. ¿Cómo se explica esto?

Esa idea es de Silvia Federici, una filósofa italiana que vive en Nueva York y que militó mucho en la segunda ola feminista en los ‘60. Viene de la experiencia que tenían las mujeres amas de casa en esa época, para las que ella reclama un salario. Ella es marxista y dice que toda la teoría de la explotación puede tener lugar sólo cuando las mujeres realizan estas tareas, porque si no el trabajador no podría ir a la fábrica a que les extraigan plusvalor. Quiere mostrar que los trabajos que parecería que le tocan a las mujeres solamente por el hecho de ser mujer son ineludibles en la sociedad y que tienen que tener un precio.

 

¿Le parece que el planteo sigue teniendo actualidad? 

Sí, y se puede ver en términos concretos en Argentina cuando se mira la cantidad de mujeres que se jubilaron con las moratorias de los últimos años: más del 80% son mujeres que en su mayoría le dedicaron su vida a ser amas de casa, por eso no tuvieron aportes. Ahí queda en evidencia que ocuparse de las tareas del hogar es un condicionamiento en términos laborales.

El libro señala que los estereotipos calan tan hondo que incluso cuando las mujeres logran incorporarse al trabajo asalariado muchas de ellas lo hacen en las mismas tareas que realizan gratuitamente puertas adentro.

Eso es algo que me sorprendió: nunca pensé que cuando abriera los datos de Argentina vería que la principal ocupación de las mujeres es ser empleada doméstica. Yo pensaba que la mayoría eran maestras o enfermeras, pero casi el 20% de las mujeres ocupadas del país son trabajadoras domésticas.

 

Sabemos que el salto hacia la igualdad estará asociado necesariamente a un cambio cultural, pero ¿qué políticas públicas ayudarían a impulsar el proceso? 

Hay algunas políticas que son muy fáciles y que tenemos muy cerca, por ejemplo en Uruguay, con el sistema de cuidados. Hoy existe una clase media de mujeres que pueden salir a trabajar porque pueden absorber el costo del cuidado y tienen una niñera o una mujer que la ayuda a hacer las compras, cocinar, etcétera. Una solución viable y muy positiva es un sistema de cuidado estatal: geriátricos, jardines maternales, lugares de lactancia, comedores. Además, hay que considerar que las niñeras no son institutrices francesas como vemos en las películas; en general son chicas pobres, a veces muy jóvenes, que trabajan en malas condiciones, que quizá no pudieron terminar la secundaria. Entonces, el hecho de tener un sistema de cuidados ayudaría también a profesionalizar los trabajos de cuidado y a valorizarlos. Tal como están las cosas, la maternidad funciona como un freno en la carrera de las mujeres, porque se asume que ellas van a ser la que cuidarán al hijo cuando se enferme o falte a la escuela. Eso pesa no sólo para el jefe varón al momento de ascender a alguien sino para la mujer misma, que a veces se autolimita en un ir a buscar el cargo más alto porque piensa que tal vez no va a poder dedicarse lo suficiente.

 

¿A esto se refiere también cuando habla de las “barreras psicológicas”? 

Sí, hay varios factores que tienen que ver con una estructura que ya está montada y que hay que empezar a desandar por que pasan estas cosas y uno no se pregunta por qué pasan, sino que asumen que son así. Los roles de género están muy naturalizados y las personas a veces ni registran cosas evidentes, como que hay puros varones en los ámbitos en los que circulan.

 

El subtítulo del libro es “Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour)”. ¿Qué implica “no perder el glamour”?

Eso empezó como un chiste, y tiene que ver con los estereotipos. Yo soy economista, soy de Misiones, me crié en una sociedad bastante machista y durante mucho tiempo me vestía un tanto masculina porque no quería que me miren como una mina apetecible: yo quería ser inteligente. Entonces, para mí recuperar el color rosa, el rojo, el maquillarme, el ponerme tacos significó un poco recuperar mi identidad, dejar de sentir que tenía que disfrazarme de varón para ser considerada.

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