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Qué soluciones ofrece la economía

Desde la crisis financiera internacional de 2008 que no se armaba tanto revuelo entre los economistas. Sin embargo, esta vez no se trató de algo tan urgente como la explosión del sistema financiero en el corazón de Wall Street, y todo lo que eso significaría (y significa) para el resto del mundo, sino que el tema que reavivó la llama fue una cuestión tan vieja como la economía política: ¿la distribución de la riqueza tiende a ser cada vez más desigual a medida que el capitalismo avanza? O, por el contrario, las fuerzas del mercado, la libre competencia, el progreso tecnológico, ¿llevan naturalmente a que el mundo funcione de manera armoniosa y menos desigual?

El puntapié inicial lo dio Thomas Piketty con la publicación de El Capital en el siglo XXI. Su trabajo ha recibido numerosas críticas: metodología, formulación matemática, base empírica, operacionalización de conceptos, etcétera. Piketty entra en escena con un tema clásico y con una conclusión en la que muchos coincidimos (sin necesidad siquiera de hacer tantas cuentas o de ser un experto): el capitalismo salvaje y sin control nos lleva a un mundo en el que la riqueza social se acumula en un polo y la miseria en el otro. Las recomendaciones de política que presenta el autor también las hemos escuchado repetidas veces: más educación, sistemas tributarios progresivos, un Estado que interviene. Sin embargo, agita el avispero y genera un tsunami de reseñas, críticas y comentarios que van desde los Premios Nobel más respetados hasta revistas de temas mundanos y fuera de la disciplina.

Este libro nos pone una vez más frente al gran vacío teórico instalado en el corazón de la economía política. No por el trabajo de Piketty en sí mismo, que tiene la virtud de aportar al debate con digresiones teóricas, metodológicas e incluso históricas expuestas en toda su extensión y sustentadas con muchos datos, sino más bien porque hace años que la economía política está empantanada en discusiones estériles. El fracaso en ofrecer una versión sólida acerca de la última crisis financiera marcó otro límite tanto para el mainstream como para la autoproclamada heterodoxia. El resultado: una economía política cada vez más fragmentada, elementos dispersos de teorías o problemas coyunturales que se abordan con una ensalada de números, conceptos, historia e ideología. “Pensadores” sin mucha esperanza de darles un marco conceptual general a sus ideas. Piketty se reivindica como un pensador libre, fuera de cualquier escuela de pensamiento, como si pertenecer a alguna le significara renunciar a algo. Quizás en cierto modo tiene razón: las escuelas de pensamiento, cada una aferrada a su ideal teórico, se pelean con la realidad cada vez que ésta les muestra alguna inconsistencia. O bien recurren a un eclecticismo en que todo pareciera dar lo mismo, como si las teorías fueran modelos neutrales e intercambiables.

Más allá del debate teórico, tanto en la Argentina como en gran parte de América latina los Estados tienen un rol activo en la economía y en la redistribución de los ingresos (más que en la redistribución de la riqueza). Y, salvando las distancias entre economías tan diferentes, desde Obama hasta el FMI todos hablan de “crecimiento con inclusión”. ¿Realmente se han hecho tan populares estas ideas? No, es simplemente que hoy hablar de desigualdad y medidas para luchar en contra de ella, incluir en el sistema a aquellos que han salido de su senda, es lo políticamente correcto. En Europa está en juego el papel que ocupará el Estado en economías en crisis aguda como España o Grecia. Algo parece no encajar con la imagen de que el crecimiento económico es “una marea que levanta todos los botes, pequeños o grandes”.

La aparición de Piketty y la discusión en torno de la desigualdad no son casuales. Por el contrario, estamos en el momento adecuado para preguntarnos qué hacer frente a una realidad acuciante que nos muestra un horizonte de mayor desigualdad. Nos desafía a superar discusiones anacrónicas y parciales. Piketty –como tantos– pone al Estado en el centro de la escena, aunque él mismo reconoce que para evitar ese destino oscuro que muestra el capitalismo sería necesario establecer regulaciones internacionales que demandarían esfuerzos sobrehumanos. Si coincidimos en que el sistema capitalista en su dinámica es inherentemente creador de desigualdad, ¿pueden el Estado y su tecnocracia detener esa dinámica? ¿Qué tipo de Estado necesitamos? ¿Por qué se nos aparece como más realista “domar” al capitalismo que transformarlo?

Publicada en Página12

 

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