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Kirchnerismo: la era Say No More del debate económico

 En la Antigüedad queríamos la Revolución, Bonturo, hoy nos conformamos con la “inclusión”, por lo demás, más o menos mal hecha. Tenía razón aquel ponja, la historia ha terminado. Vivimos con respirador. Cacho Veldevere, “Refutaciones a Fukuyama”, Ediciones Los Tenderos la Pasamos Bomba, Esquina de Croto, 2003”. Extracto del muro de Facebook de Jorge Aulicino, poeta y escritor

El “Modelo de crecimiento con inclusión social” –y la gestión kirchnerista– llega a fin del período agotado, con una economía que no crece ni genera empleo privado hace cuatro años. A pesar de alzar las banderas de la industrialización, la estructura industrial sigue concentrada en pocas manos y tan extranjerizada como en los ‘90. Escasez de divisas, inflación de dos dígitos desde hace 8 años, la frontera sojera extendida a niveles inéditos en nuestro país y la destrucción de las estadísticas públicas son otros datos no menores del fin de período. Del último gobierno no-kirchnerista hasta hoy pasaron más de 12 años ¿podemos sostener que el problema de Argentina es el neoliberalismo?

Es difícil encasillar al “modelo de crecimiento con inclusión social” en una escuela de pensamiento económico. Los mismos gestores del modelo se reivindican heterodoxos, algunos más keynesianos, otros más estructuralistas, otros simplemente pragmáticos. Las medidas económicas llevadas adelante responden a esta ensalada, algunas parecen ser solamente explicadas por la urgencia coyuntural o el error mismo. El Ministerio de Economía ha pasado por manos de graduados del CEMA y ex docentes de economía marxista de la universidad pública. Así de heterodoxo ha sido el proceso, así también han terminado licuadas las ideologías de sus portavoces en consignas vacías y slogans gastados que se repiten sin cesar ante auditorios propios que ya no debaten nada de lo que se presenta u omite; o auditorios ajenos, en donde toda discusión es asumida como exterior, ajena, antipatria, de derecha y traidora. La consigna de “crecimiento con inclusión” también se ha convertido a lo largo del mundo en un nuevo mainstream discursivo. La repite hasta Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional.

Observando esta etapa como momento del pensamiento económico nacional, el kirchnerismo no ha logrado -aún en 12 años de experiencia- madurar un modelo económico que supere las limitaciones históricas de Argentina. Tal es la separación del relato económico de su realidad, que las consignas de campaña –al margen de la demagogia propia de esos momentos– no dan cuenta de las limitaciones serias que enfrenta la economía argentina en el presente y, por tanto, hace vano cualquier intento de vaticinar el futuro de un proyecto que bien podría ni siquiera existir.

Debates de ayer, de hoy y de siempre

En Argentina como en Latinoamérica el desarrollo económico ha sido uno de los grandes problemas históricos para la teoría y la acción política. La creación de la CEPAL  (Centro de Estudios para América Latina) en 1948 es el hito fundacional de un profuso debate acerca de las causas del atraso y las condiciones para el desarrollo en Latinoamérica. Las discusiones centrales giraban en torno a la industrialización, las reformas fiscales, financieras, agrarias y administrativas, y fundamentalmente, las fórmulas para reducir la gran desigualdad imperante en las sociedades que se encontraban subdesarrolladas. En la visión de Prebisch, por ejemplo, el subdesarrollo aparecía como la contracara de la falta de desarrollo (es decir, como si existiera un camino que recorrer hacia él), siendo la falta de capital y la baja tasa de ahorro los factores que explicaban esta situación de atraso relativo. De este modo, la industrialización sería fundamental a la hora de torcer el destino de los países considerados periféricos.

Sin embargo, para el marxismo latinoamericano el estructuralismo resultaba economicista con su énfasis en la productividad, el progreso técnico, las tasas de inversión y las políticas que se derivaban de su forma de entender el proceso. La idea de que el sólo hecho de la industrialización tiene efectos beneficiosos para la sociedad en su conjunto es puesta en duda por los teóricos de la dependencia. Había que pensar si las burguesías industriales locales estaban a la altura del desafío, el rol de los trabajadores, la oligarquía, las alianzas con las burguesías extranjeras, el papel del Estado, etc. Era necesario un marco político en el análisis, las relaciones de clase obligaron a reconfigurar las teorías previas. Se cuestiona el pensar el desarrollo sin considerar la relación de las economías latinoamericanas con el resto del mundo, el rol que juegan en la producción a escala mundial. ¿Puede superarse la condición de periferia?

Estas ideas y discusiones (apenas mencionadas aquí) son abandonadas en los ‘70 producto de la ola de dictaduras militares desatadas en Latinoamérica. Hacia los ‘90 la única forma de pensar la economía y la política económica es la que hoy llamamos neoliberal u ortodoxa. El Kirchnerismo, a pesar de una postura discursiva en contra de la ortodoxia no ha sabido recuperar estos debates (y experiencias) ni nacionales ni latinoamericanas sobre estrategias de industrialización, actores sociales o perspectivas regionales. Abundan fotos de los presidentes latinoamericanos abrazados pero las estrategias de conjunto se reducen a algún tratado comercial o intercambio de regalos. Hoy la relación entre Brasil y Argentina, por ejemplo, pierde peso frente al ascenso de la “nueva dependencia” con China. La conformación de una estrategia económica regional latinoamericana aún no muestra resultados palpables.

La autoproclamada “heterodoxia” de los sectores que dirigen los destinos económicos es más bien una renuncia a la lucha ideológica concreta. El discurso (y las acciones) se agotan en una constante coyuntura sin perspectivas de largo plazo, en donde solo parece importar el boletín de calificaciones con los indicadores en los que al país le va bien (ocultando las malas notas). El Kirchcentrismo no debate (a pesar de los años de lucha por el pensamiento crítico y la democracia) y, por tanto, no crece intelectualmente. Sus portavoces aprietan play en un audio de consignas cada vez más vacías y ante cualquier problema encuentran un enemigo externo a quien responsabilizar. El kirchnerismo hace de la apertura de una fábrica de chicles una alegoría del triunfo de la voluntad soberana sobre los buitres del sistema financiero internacional, y todo aquel que cuestiona políticas o reclama estadísticas públicas y confiables es tratado como plumífero enemigo “nacido en charcos de podredumbre”. Una década perdida para un debate urgente e indispensable, más aún cuando el futuro no se vislumbra tan rosa como aparentaran los años de crecimiento a tasas chinas.

Una inclusión más o menos mal hecha

La idea del desarrollo que se ha instalado, y que se repite en discursos presidenciales y del gabinete económico, es una versión de la teoría del derrame “con derechos humanos”. La vieja formulación de esta idea postula que a medida que una economía crece los frutos de esa riqueza productiva se van derramando desde las capas más altas de la sociedad hacia las más bajas. La historia del capitalismo ha mostrado por el contrario (y Piketty lo ha recordado citando a Marx en su best seller sobre el Capital en el Siglo XXI) que esto no opera natural y necesariamente, que gran parte de la riqueza de la humanidad permanece en pocas manos, mientras que la pobreza se acumula en otro polo.

El kirchnerismo ha propuesto una variante según la cual cuanto mejor le va al empresario mejor le va al trabajador, ya que va a conseguir empleo y con ello podrá entrar al mágico mundo de la producción capitalista con un salario, y por ende, con la posibilidad de satisfacer sus necesidades de consumo. El Estado estará ahí presente para “redistribuir” los ingresos de tal modo que esas capas bajas, a las que nunca llegaba el agua bendita de la riqueza social, puedan salpicarse de ella. En este mundo fantástico (que nada tiene que envidiar a los mundos imaginarios de la ortodoxia económica) todos ganan: trabajadores y capitalistas felices producen en las fábricas pujantes (los capitalistas además “la levantan en pala” como se ha dicho muchas veces) y la lucha de clases se convierte en una alianza, producto de una gestión estatal bondadosa.

La teoría económica que enseñaba el actual ministro de economía en la Facultad de Ciencias Económicas hasta justo antes de asumir su cargo, sin embargo, mostró hace ya un par de siglos la imposibilidad del progreso de una clase social si no es a expensas de otra. La actualidad de este problema –y no solo en Argentina– se vuelve más acuciante si comprendemos que en tanto no nos saquemos estas ideas absurdas de la cabeza, la resolución de la disputa será sistemáticamente favorable a la clase dominante, al capital.

La inclusión en Argentina tampoco es un “para todos y todas”. Las mujeres siguen siendo más pobres, más desempleadas, con mayor nivel de empleo precario, ganan menos que los varones, trabajan más en el hogar. Muchas políticas que se implementaron en la última década, lejos de empoderar, las siguen considerando supeditadas a la casa y la familia, como si su misión en la vida fuera solo procrear y administrar un hogar. Hizo falta una marcha multitudinaria con la consigna #NiUnaMenos para que se incluyera en el listado de consignas la violencia contra la mujer (aún sin muchos efectos prácticos). En el plano económico, estas desigualdades no han sido incluidas en la agenda ni del kirchnerismo, ni de sus pretendidos continuadores.

 

Domadores domados

¿Qué es el desarrollo? Quizás es una buena pregunta para hacerle a quienes repiten el mantra industrialista como si ésta fuera la clave de la solución a todos los problemas. ¿Qué tipo de industrialización? ¿Con qué actores económicos? ¿Hay una burguesía nacional que pueda liderar este proceso? ¿Cuál es el rol que les toca a los trabajadores? ¿Es posible una alianza de clases? ¿Por qué hoy sí podríamos ser una economía industrial? ¿Es válido el viejo enfoque de la estructura productiva desequilibrada en nuestro presente? ¿Cuáles son los nuevos patrones de dependencia? ¿Queremos un capitalismo de Estado? ¿Qué tipo de Estado necesitamos? La vorágine de la coyuntura pareciera restarle importancia a estas preguntas y tantas otras que hacen al corazón de la economía política y su práctica. Permanece siempre de fondo aquella fantasía de que el capitalismo sólo necesita buenas regulaciones y buena onda, y que si conseguimos gobernarlo (a través de políticas fiscales, monetarias o cambiarias) entonces nuestro techo es el cielo, no habría límites a un crecimiento o desarrollo sostenidos. (¿Es posible algo así?)

Después de tantos años de neoliberalismo y ortodoxia formando nuestro pensamiento económico pareciera que no hay dudas sobre la cualidad del trabajo como un factor de la producción: lo que en realidad son personas reproduciéndose cotidianamente, aparecen como horas de trabajo a asignar, como una variable cuantitativa a ser utilizada eficientemente. Sin embargo, la naturalización de las categorías de análisis también nos lleva a naturalizar la forma en la que entendemos nuestra sociedad. ¿Por qué renunciamos a la idea de transformar el mundo? Y, además, que esa transformación no sea solo incluir gente a un sistema de explotación sino que descanse en la reformulación de las relaciones sociales.

Una gran diferencia con la década anterior quizás sea que en la actualidad el rol del Estado aparece más legitimado. Esto es progresivo en tanto nos da herramientas para avanzar hacia un Estado que represente los intereses de los trabajadores. Pero aún con el Estado en el centro de la escena, las transformaciones que debería enfrentar un gobierno exceden sus posibilidades porque son necesarias regulaciones y acuerdos internacionales sobre un sin fin de situaciones que demandarían esfuerzos sobrehumanos. Si coincidimos en que el sistema capitalista en su dinámica es inherentemente creador de desigualdad, ¿pueden el Estado y su tecnocracia detener esa dinámica? ¿Por qué se nos aparece como más realista “domar” al capitalismo que transformarlo?

 

 

Publicada en el Número 24, octubre 2015 de Ideas de Izquierda

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