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Es la economía, estúpida.

En Argentina, las mujeres ganamos 27% menos que los varones. Este fenómeno se replica a lo largo de todo el mundo, en Japón la brecha llega al 36%, Alemania 22%, Brasil 24%. Según los especialistas en el tema, aún considerando las políticas que se han puesto en marcha en algunos países, la brecha recién podría cerrarse hacia 2086.

Algunos sugieren que es una cuestión de educación, sin embargo cuando uno se pone a mirar datos y numeritos se encuentra con que las mujeres tenemos mayores niveles de educación universitaria y posgrados que los varones. Sin embargo, a la hora de ascender a alguien en el trabajo, se elige al varón. Los números nos muestran que entre las empresas más grandes de nuestro país, solo el 7% tiene mujeres en cargos de CEO y que además, la brecha salarial entre estos trabajadores y trabajadoras jerárquicos es del 40%. Este fenómeno se llama “techo de cristal“ y alude a esta situación que limita el ascenso de mujeres por mecanismos invisibles.

Otros sostienen que las mujeres se valoran poco o no negocian bien sus salarios y por eso aceptan peores condiciones de empleo. Este argumento es una versión aggiornada de algunas ideas liberales que suelen considerar que los trabajadores “deciden“ si trabajar o no, “eligen“ sus niveles salariales, “optimizan“ sus decisiones de trabajo y ocio como si fueran condiciones matemáticas y teóricas de algún reino imaginario de la justicia económica divina. La solución desde este punto de vista quizás venga de la mano de algún libro de autoayuda a la mujer moderna o un kit de supervivencia laboral que incluya calculadora salarial, pastillas para la confianza y un buen abogado.

Los números nos muestran también que a medida que hay más niños en el hogar las mujeres dejan de trabajar: cuando no hay niños la participación en el mercado de trabajo es del 54% y cuando hay más de un menor baja a 39%. Esto viene de la mano con un montón de mecanismos que dan espacio a que este sistema se reproduzca. Gran parte de las mujeres trabajadoras tienen empleos precarios y no cuentan siquiera con la licencia de maternidad de 3 meses vigente en la actualidad (que aún así es menor a la que se estipula como mínimo en la Organización Internacional del Trabajo). La licencia de paternidad es sólo de 2 (DOS) días en nuestro país -la más corta de América Latina-. Pocos lugares de trabajo cuentan con guarderías gratuitas en donde dejar a los niños pequeños, lo que tampoco facilita que ambos padres puedan trabajar. El resultado es que si alguien tiene que dejar el trabajo como mencionamos arriba las estadísticas públicas nos muestran que es la mujer.

Una mujer que trabaja full time dedica, a la vez, más tiempo al trabajo doméstico (limpieza, hijos, etc) que el que dedica un hombre desempleado.

El machismo está incorporado en las cosas más cotidianas, como en el simple hecho de que no se estipule siquiera una licencia de paternidad para que el varón se haga cargo de sus hijos. Está presente a la hora de organizar las tareas del hogar, que recaen asimétricamente sobre las mujeres, se reproduce en ambientes de trabajo o estudio en donde proliferan los llamados micromachismos (lenguaje sexista, maltrato psicológico, acoso sexual, etc.).

En cierto modo se trata de ir reconstruyendo nuestra forma de pensar los problemas económicos y políticos a los que nos enfrentamos. Necesitamos la perspectiva de género para comprender el escenario y poder actuar sobre él. Hay países que han incorporado políticas activas que fomentan la igualdad de género y lograron reducir algunas de estas brechas (salarial, de participación, etc).

No es algo que sucede automáticamente, a veces hay una chispa que ilumina nuestra conciencia y nos moviliza, como el #NiUnaMenos en el caso de la violencia de género.

 

Publicada en Panamá Revista

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