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El país que deja Obama

Porque no quiso o porque no pudo, las razones a esta altura no importan tanto. Probablemente haya un poco de ambas. Barack Obama es, en parte, uno de los principales derrotados en esta elección. Aunque no puede adjudicársele toda la responsabilidad, como dirigente máximo del Partido Demócrata y dos veces presidente, tampoco se lo puede inmunizar.

“El American Dream -esto de que vos te esforzás y con tu esfuerzo te va a ir bien- se pinchó en la crisis de 2008. Eso no se recuperó y se desató un problema hasta de identidad”, decía a Notas semanas antes de la elección la economista argentina Mercedes D’Alessandro, radicada en Nueva York.

Una de las primeras medidas de gobierno del demócrata al asumir en 2009 fue continuar lo comenzado por su predecesor, George W. Bush y lanzar tanto un “rescate” para los bancos de 800 mil millones de dólares como un Plan de Estabilidad Financiera. La crisis de 2008 fue un antes y un después y todavía Estados Unidos no logró recomponerse ni en términos económicos ni sociales.

Políticamente, el triunfo de Trump refuerza una hipótesis que de todas formas hubiera seguido vigente si ganaba Hillary Clinton: algo se quebró en el sistema político y la sociedad perdió confianza en las instituciones tradicionales. Post 2008, por izquierda y por derecha surgieron nucleamientos que criticaban duramente el statu quo. Occupy Wall Street por un lado, el Tea Party por otro. Aunque el bipartidismo yanqui logró acomodar a los jugadores dentro del tablero, no resolvió el problema de fondo. Hubo una fractura.

Obama, por su innegable carisma, por ser el primer presidente afroamericano e incluso por haberle ganado la interna a Clinton antes de su primer mandato, podría haber jugado un papel en esta crisis. Si hubiera querido firmemente, primero, y si hubiera podido, después.

“Hoy los estudiantes universitarios que tienen que pagar sus estudios están todos endeudados. Ni siquiera entraron al mercado laboral con su profesión y ya tienen una deuda gigantesca. A ese pibe es muy difícil hacerle entender que si se esfuerza le va a ir bien”, ejemplificaba D’Alessandro.

El desempleo tuvo un pico en 2008 que recién volvió a los niveles previos a la crisis el año pasado. “Los empleos se recuperaron pero son de muy baja calidad, mal pagos y precarizados”, comentó la economista. La mayoría de los puestos de trabajo creados son en el sector de servicios, mientras que en las manufacturas se perdieron 122 mil en los últimos ocho años.

Trump leyó esta situación compleja del empleo de forma similar a cómo lo analizó el competidor de Hillary en la interna demócrata, Bernie Sanders. Las propuestas de cómo resolver la situación laboral, claro, eran sumamente divergentes. Pero acertó en el diagnóstico. Clinton, incapaz de renegar del legado de Obama, solo pudo balbucear propuestas vinculadas a la recomposición de la capacidad adquisitiva de las clases medias.

“La desigualdad económica creció”, sostenía D’Alessandro. “Tenés una capa de ricos que se separó mucho de la clase media y de los más pobres. Eso es un problema: cómo romper esa dinámica de la distribución del ingreso”, sumaba y planteaba que ni Trump ni Clinton eran muy claros en cómo iban a crear más y mejor empleo.

Mientras estos se precarizaban cada vez más a lo largo de los ochos años de administración Obama, los ingresos de la población económicamente activa, como señala Atilio Borón, en el último medio siglo “registraban -no en términos nominales sino reales- un estancamiento” y “las ganancias del uno por ciento más rico de la sociedad norteamericana crecieron astronómicamente”. El ingreso promedio anual se mantuvo en una media de 54 mil dólares durante los últimos 20 años.

Por otro lado, el gobierno de Obama se convirtió en la gestión estadounidense que más bonos del Tesoro vendió a menor precio. El nivel de deuda sin duda va a condicionar al presidente entrante: la emisión de bonos al mercado se duplicó y alcanzó un valor de 14 billones de dólares.

Obamacare: promesas sobre el bidet

En Estados Unidos la población no tiene acceso gratuito a la salud. El Obamacare, lanzado en 2010, fue el caballito de batalla del demócrata. Y también su principal foco de críticas tanto por parte de los republicanos como del ala izquierda del partido, expresada en la figura de Bernie Sanders.

Este programa modificó sustancialmente la política sanitaria y las facilidades de pago del seguro médico, mediante subsidios estatales -18 millones de ciudadanos aproximadamente obtuvieron cobertura gracias a él- no solucionó el problema estructural. Según reconocen desde el propio gobierno más de 30 millones de estadounidenses siguen sin posibilidad de abonar los gastos por servicios médicos de calidad.

La cuestión racial

Para D’Alessandro, la mayor deuda de Obama en la presidencia es que “los afrodescendientes siguen enfrentando niveles de discriminación muy alta que se ven no solo en la violencia policial o la cantidad de población negra carcelaria, sino también en las variables de empleo. Los jóvenes de entre 16 y 24 afroamericanos doblan en desempleo a los blancos”.

Además, en términos de brecha salarial entre las mujeres, sostuvo que “las blancas ganas más que las negras y que las latinas”. Pero también es interesante mirar la evolución de esa brecha. “Las mujeres blancas cerraron su brecha respecto a los varones en 20 centavos desde los ’60 y las latinas solo en 5 centavos”, decía la economista y planteaba: “Hay algunas políticas que funcionan pero no funcionan para toda la sociedad y ahí es donde uno esperaría que en los gobiernos de Obama hayan mejorado sustancialmente las condiciones de vida de los afroamericanos y no pasó”.

Obama logró construir la sensación de que la crisis de 2008 se había superado y siguió gobernando como si nada hubiera ocurrido. Pero pasó. Y seguirá pasando: el 20 de enero de 2017 Trump asumirá la presidencia.

 

Por Julia de Titto en Notas

@julitadt

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