El clamor feminista cambia la literatura

Cómo se transforma el mercado editorial ante la demanda de igualdad de derechos, el repudio a la violencia machista y nuevas escritoras que atraen mayor atención. “Una editorial debe acompañar con buenos libros lo que la comunidad va marcando”.

Por Laura Ventura

 

¿Y si William Shakespeare hubiese tenido una hermana? Virginia Stephen, quien, por ser mujer, no había podido estudiar en la universidad -donde sí habían asistido su padre, su hermano y su marido Leonard Woolf, todos ellos en Cambridge-, imaginó en 1929 el destino de Judith Shakespeare. A pesar de que tuviese el mismo talento y la misma elocuencia que William, la sociedad victoriana y la dinámica patriarcal habrían apagado la voz de la joven aspirante a dramaturga. Décadas después, gracias a una beca, Sylvia Plath pudo estudiar y destacarse en los claustros de Cambridge, donde conoció a su marido, Ted Hughes, quien corregía sus poemas con la misma dedicación con la que ella debía cuidar de sus hijos y el hogar. Sylvia, como Judith y como Virginia, se hundió en un abismo hacia el suicidio. En el siglo XXI, la catedrática de Cambridge Mary Beard publica Mujeres y poder. Un manifiesto (próximamente en Paidós), donde recorre el sitio -del mito, al vacío, a un espacio en expansión- que la literatura y la sociedad les otorgaron a las damas a lo largo de los siglos. Tres autoras, tres contextos, tres voces que clamaron igualdad a través de sus escritos.

El feminismo no es una moda. Las tendencias son efímeras y cambian con las estaciones. El feminismo es un reclamo, una demanda de igualdad de derechos y de repudio a la violencia machista que existe desde el clamor de las troyanas, consideradas trofeos de guerra, antes que personas. Desde la pionera y valiente Christine de Pizan, quien a comienzos del siglo XV advertía que la historia sudaba testosterona. Con este criterio comienza a hablarse de la necesidad de construir, además de una History, una Herstory, un juego de palabras en inglés donde el adjetivo posesivo masculino se suplanta por el femenino.

“En Anagrama siempre se han publicado libros de corte feminista, encabezados por La condición de la mujer, de Juliet Mitchell, en 1977. Es un interés que recorre todo el catálogo de la editorial, tanto en narrativa como en no ficción, y que se ha visto reforzado en los últimos años, con los textos de Caitlin Moran, Marta Sanz, Mariana Enríquez o Bridget Christie. Por esto, en nuestro caso, el actual debate feminista ha encontrado numerosas autoras y autores que son interlocutores muy sólidos. Es muy probables que los lectores estén ahora más receptivos al tema”, señala la editorial española. Laëtitia o el fin de los hombres, de Ivan Jablonka, es una crónica, una novela de no ficción sobre algo mucho más oscuro que el crimen de una adolescente, es sobre una patología machista y depredadora ante una sociedad tantas veces abúlica.

Si antes era la mujer quien se adaptaba al mercado editorial y cultural, ahora pareciera darse un escenario inverso, a partir de la fuerza que toma el debate sobre el feminismo. Y que esta demanda sea en el presente cada vez más visible y audible no significa que sea un fenómeno. Ana Laura Pérez, directora literaria de Penguin Random House, advierte en el último tiempo un aumento en la demanda de libros que abordan la temática feminista: “Se popularizó: si era una discusión muy activa en ciertos círculos -generalmente, académicos y militantes-, ahora se extendió a las reuniones familiares, al ámbito escolar, laboral y periodístico, e involucra tanto a mujeres como a varones. Por eso, aumentó la cantidad de lectores y el catálogo se amplió en títulos, autores y abordajes. Es una tendencia que ya lleva algunos años, es global, pero aquí se consolida desde el surgimiento del Ni una menos. Las lectoras y los lectores buscan textos que acompañen un debate en el que están involucrados: necesitan argumentos, relatos, biografías, explicaciones históricas, sociológicas, psicológicas, políticas y eso desde antes de que sepan leer”.

Fuente: LA NACION – Crédito: Alma Larroca

Penguin Random House posee en su catálogo un amplio seleccionado de argentinas expertas en la materia que abordan, desde diferentes ángulos, el papel de la mujer en la sociedad contemporánea, a las que se sumaron Marta Dillon ( Qué significa hoy ser feminista), Ingrid Beck y Paula Rodríguez ( Guía inútil para madres feministas), la psicóloga Eugenia Tarzibachi ( Cosa de mujeres, donde realiza un estudio sobre la construcción cultural de la menstruación), Lola Vendetta ( Más vale Lola que mal acompañada), Gabriela Cabezón Cámara ( Las aventuras de la China Iron), Mariana Carbajal ( Maltratadas: violencia de género en las relaciones de pareja), y Sandra Russo ( Lo femenino: aproximaciones a las mujeres como enigma) y la economista Mercedes D’Alessandro, con su libro Economía feminista: cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour), donde indaga en la brecha salarial, la pobreza sexista y la crianza de los hijos. Esta última autora también publicó ¿El futuro es feminista? (Capital Intelectual) junto con Marina Mariasch y Florencia Angilletta, con prólogo de Mariana Enríquez.

La Argentina se impuso a la vanguardia de la región por su organización y convocatoria. Luciana Peker ( La revolución de las mujeres: no era solo una píldora, publicado por Eduvim), una referente indiscutida en la materia, prepara su nuevo trabajo que editará Penguin Random House. Paula Rodríguez reconstruye en #Ni una menos (Planeta) la historia de este movimiento, cuya primera movilización fue en junio de 2015. “Se lo propuse al colectivo que se armó espontáneamente y ellas decidieron que fuera alguien cercano, pero no parte activa, para que no fuera una de ellas que hablara en nombre de todas. La elegida fue Paula Rodríguez, comprometida con las acciones del colectivo, pero no parte de él. Decidimos hacer un libro coral, que incluyera la mayor cantidad de perspectivas. Ella recogió los testimonios de todos y el libro es muy potente y útil por la diversidad de miradas y también por lo que nos propusimos: el que no lo tenía claro por experiencia personal o acercamiento al conflicto, después de leerlo entiende de qué se trata la violencia machista”, dice Paula Pérez Alonso, editora de Grupo Planeta. Otras autoras que integran el catálogo de esta editorial son Liliana Hendel ( Violencias de género, Las mentiras del patriarcado), y la colombiana Amalia Andrade Arango (Cosas que piensas cuando te muerdes las uñas). Además, hay libros para los lectores más jóvenes, como Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes, de Elena Favilli y Francesca Cavallo, que tendrá un segundo volumen, y La guía de las chicas: 50 lecciones para aprender a amar tu cuerpo mientras cambia, de Marawa Ibrahim y Sinem Erkas. En breve se publicará la autobiografía Ni cabida, de Miss Bolivia, y Bestiario de niñas malas, de Gabriela Larralde y Myriam Cameros.

“Una editorial debe acompañar con buenos libros lo que la comunidad va marcando como problemas que atraviesan toda una sociedad. Las personas podemos ser prejuiciosas en relación a ciertos tópicos, pero una editorial no puede ser prejuiciosa ni sectaria. Hay temas más urgentes, como el del aborto [ El problema del aborto, de Laura Klein], que es un verdadero problema y un libro tiene que dar mucha información y también generar reflexión, discusión y política, porque lo que se pretende es que algo cambie; y otros son ensayos que buscan visibilizar una problemática, difundirla, aportar mayor conocimiento sobre algo que está en el aire, como Mujeres y poder. Un manifiesto, de Mary Beard. O tratarlo desde la historia de alguien en particular, como es el caso de Soy Sabrina, soy Santiago, de SaSa Testa. Que una editorial como Planeta publique estos libros es importante porque los hace circular por fuera de sus circuitos naturales o más restringidos”, agrega Paula Pérez Alonso.

Fuente: LA NACION – Crédito: Alma Larroca

Pero no es una eclosión local. Traspasan las fronteras los libros de la autora española Carmen G. de la Cueva, con Mamá quiero ser feminista, y de la activista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, con Todos deberíamos ser feministas, la carta a una joven madre. Desde el título, la autora plantea la noción de que el feminismo no es solo una necesidad y un reclamo femenino, sino un grito universal de libertad.

También resulta indispensable el trabajo de la historiadora británica Amanda Foreman, autora del minucioso y brillante estudio The Ascent of Woman: A History of Women from the Apple to the Pill ( El ascenso de la mujer: una historia de mujeres, de la manzana a la píldora, inédito en castellano), que inspiró un documental que se puede ver en Netflix en algunos países. Siri Hustvedt, con La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres: ensayos sobre feminismo, arte y ciencia (Seix Barral), es una autora indispensable para definir el feminismo: “abrir la puerta de la libertad humana, para las mujeres y para los hombres”.

Este debate no es una guerra de los sexos. Este, y el de la pérdida de la feminidad por parte de quienes defienden estos derechos, es uno de los prejuicios más recurrentes. Algunos hombres comienzan a empaparse en el tema, pero aún deberían sumarse más. De qué manera se los podría convocar es una incógnita, pero la literatura, sin lugar a dudas, es un poderoso imán. “¿También hay que invitarlos? ¡Ya está listo el debate! Depende de una predisposición intelectual y ética, una llamada que es política y es íntima, una decisión de entender el mundo e involucrarse en una transformación que es trascendente e impostergable. Quienes quieran entender, pensar mejor y actuar en consecuencia tienen una infinidad de voces. Como en toda revolución, el libro es una pieza fundamental: todavía el mejor modo en que las ideas se expresan”, opina la editora Ana Laura Pérez.

La literatura escrita por mujeres tampoco es una moda. A Judith Shakespeare se le habrían reído en la cara, imaginaba Virginia Woolf. Cecilia Böhl de Faber creaba bajo el disfraz de Fernán Caballero. Frankenstein, o el moderno Prometeo se publicó con el seudónimo The Author, que ocultaba la identidad de Mary Wollstonecraft, casada con Percy Shelley. A Joanne Kathleen Rowling le aconsejaron que utilizara sus iniciales para ocultar su identidad femenina cuando comenzó a publicar las aventuras de un mago llamado Harry. La literatura escrita por mujeres es, sencillamente, la literatura que escribe la mitad de la humanidad. Si hoy se conocen más autoras es porque las mujeres han ganado su merecido espacio tras siglos de opresión, no solo en el universo de las artes, sino en la historia en general y ante un relato masculino de la humanidad.

Emma Bovary, Ana Karenina, Ana Ozores, Mariana Pineda, Fortunata, y también Jacinta, son heroínas clásicas que fueron cinceladas por hombres. La mujer (o el hombre, o cualquier tema) retratada por la mujer cobra otra dimensión. ¿De qué modo repercute la literatura en la configuración de la identidad femenina? Carolina Fernández Cordero y Marta Ortiz Canseco, doctoras en Filología, conducen un taller en la Universidad Feminista, Madrid. Esta institución, que funciona en un edificio en el barrio La Latina, convoca a personas -no solo mujeres- de todas las edades y clases sociales. “Entendemos las manifestaciones culturales como productos ideológicos con una capacidad transformadora altísima. Los discursos culturales nos construyen una identidad concreta que luego se transfiere a la materialidad y a la cotidianidad, incluso a nuestro propio cuerpo. Y el consumo de cultura en esta sociedad es constante, aunque no lo parezca porque esté asociado al ocio la mayor parte de las veces. Urge sacar los discursos culturales de esa idea de ocio inofensivo, para entender los modos en que configuran nuestras identidades. En el caso específico de la literatura, se trata de un campo que se ha ido devaluando en las últimas décadas, de manera que apenas percibimos cómo la lectura de best sellers o de otro tipo de libros afecta a la manera en que nos construimos en el mundo y habitamos en él”, aseguran.

Caitlin Moran, la autora británica de las novelas Cómo se hace una chica y Cómo ser mujer, criada en un hogar de clase obrera junto con siete hermanos, concurría con devoción a las bibliotecas públicas, donde se formaba con los relatos de Jilly Cooper. Moran es una de las autoras preferidas de la actriz Emma Watson, una representante global del movimiento. Ambas consideran que el feminismo debe también tener su expresión fuera del ámbito académico, comunicarse en otras esferas.

Gracias a su inmenso, diverso y heterogéneo alcance, el feminismo también cobró notoriedad a partir de series de TV, pero que antes de serlo, fueron obras literarias, adaptadas para la pantalla. Nacidas de la pluma de Margaret Atwood, El cuento de la criada y Alias Grace, historias crueles, posibles -como en la primera, una distopía en una sociedad teocrática- y reales, en Irlanda del siglo XIX. También nacida de una novela, de Liane Moriarty, Big Little Lies, se convirtió en un suceso de público y de crítica. Otras series exploran esta temática, desde distintos siglos y sociedades, como Godless, Orange is the New Black, Smilf, Glow o Las chicas del cable. No todas estas historias son extranjeras, como ocurre con la lograda serie argentina: Sufragistas. Pioneras de las luchas feministas.

El feminismo no es literatura para mujeres. Quizá el sufijo confunda. Ismo no es lo mismo que itsmo. No es un accidente, un hiato, una separación, no busca segregar, sino incluir y permanecer.

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